
Jesús
Camino, Verdad y Vida
Jesús no es solo un gran maestro o profeta: es el Hijo eterno de Dios, engendrado, no creado, consustancial al Padre. Desde toda la eternidad existe en comunión perfecta con Él.
La fe de la Iglesia proclama que en Jesús, Dios mismo ha entrado en la historia humana para revelarnos su amor y salvarnos.
“En el principio existía el Verbo, y el Verbo estaba con Dios, y el Verbo era Dios” (Jn 1,1).
Creer en Jesús es creer que Dios no se quedó lejano, sino que se acercó hasta hacerse uno de nosotros.
Centro de la fe, rostro del amor del Padre
La Encarnación: Dios se hizo hombre por amor
El misterio central del cristianismo es la Encarnación: el Hijo de Dios asumió nuestra naturaleza humana en el seno de la Virgen María por obra del Espíritu Santo.
Jesús es verdadero Dios y verdadero hombre.
Comparte nuestras alegrías, sufrimientos, cansancios y esperanzas, excepto el pecado.
“Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros” (Jn 1,14).
En Jesús, Dios habla nuestro idioma, camina nuestros caminos y sana nuestra humanidad desde dentro.
Jesús revelador del Padre
Jesús vino a mostrarnos quién es Dios. No como un juez lejano, sino como Padre misericordioso.
“Quien me ha visto a mí, ha visto al Padre” (Jn 14,9).
En sus gestos, palabras y actitudes, Jesús revela:
Un Dios que perdona
Un Dios que busca al perdido
Un Dios que ama sin condiciones
Cada encuentro de Jesús en el Evangelio es una revelación viva del corazón de Dios.
Jesús Maestro y Palabra viva
Jesús es el Maestro por excelencia. Enseña con autoridad porque no transmite ideas propias, sino la verdad que viene del Padre.
Sus enseñanzas no solo informan, transforman:
El Sermón del Monte
Las Bienaventuranzas
Las parábolas del Reino
“Las palabras que yo les he dicho son espíritu y vida” (Jn 6,63).
Escuchar a Jesús es dejar que la verdad libere el corazón.
Jesús, médico del alma y del cuerpo
Jesús sana porque ama. Sus milagros no son espectáculo, sino signos del Reino de Dios.
Él:
Devuelve la vista
Levanta al paralítico
Libera al oprimido
Perdona los pecados
“No necesitan médico los sanos, sino los enfermos” (Mc 2,17).
Jesús sigue sanando hoy: heridas interiores, culpas, miedos, desesperanzas.
Jesús y el Reino de Dios
El centro de la predicación de Jesús es el Reino de Dios: la presencia viva de Dios que transforma el mundo desde dentro.
“El Reino de Dios está entre ustedes” (Lc 17,21).
El Reino se manifiesta donde hay:
Amor
Justicia
Misericordia
Servicio
Seguir a Jesús es comprometerse con un Reino que empieza en el corazón y se extiende a la vida.
La Cruz: amor llevado hasta el extremo
La cruz no fue un accidente, sino la expresión suprema del amor de Jesús.
“Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos” (Jn 15,13).
En la cruz:
Jesús carga nuestros pecados
Reconcilia al hombre con Dios
Abre el camino de la salvación
La cruz es trono, escuela y fuente de vida.
La Resurrección: victoria sobre la muerte
Jesús resucitó verdaderamente. No es un símbolo: es un acontecimiento real.
“No está aquí, ha resucitado” (Lc 24,6).
La Resurrección:
Confirma que Jesús es Dios
Da sentido a la fe
Abre la esperanza eterna
Porque Él vive, nuestra fe no es vana y nuestra vida tiene destino.
Jesús vivo en la Iglesia y los sacramentos
Jesús no nos dejó solos. Vive y actúa en su Iglesia.
En los sacramentos:
Perdona
Sana
Alimenta
Acompaña
De manera especial, en la Eucaristía, Jesús se queda realmente presente:
“Este es mi cuerpo… esta es mi sangre” (Mt 26,26-28).
La Iglesia es el cuerpo vivo de Cristo en la historia.
Jesús, camino, verdad y vida para hoy
Jesús no pertenece solo al pasado. Él es presente y cercano.
“Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida” (Jn 14,6).
Seguir a Jesús es:
Caminar con esperanza
Vivir en la verdad
Amar hasta el final
Quien se encuentra con Jesús nunca vuelve a ser el mismo. Él da sentido, paz y vida verdadera.

La palabra diaria: Encuentro vivo con Dios en nuestra realidad
Leer o escuchar la Palabra de Dios cada día no es simplemente una práctica religiosa; es un acto de amor, de conexión y de transformación personal. Cada versículo, cada salmo, cada evangelio contiene un mensaje eterno que nos habla con fuerza en medio de nuestras circunstancias actuales. Y cuando nos detenemos a meditarla con el corazón abierto, descubrimos que la voz de Dios sigue viva y cercana, guiándonos en nuestra cotidianidad.
Dios no se quedó en el pasado ni en los tiempos bíblicos. Sigue hablándonos hoy, en pleno siglo XXI, en medio de nuestra agitada vida diaria. Por eso, leer la Palabra diaria no es una rutina más, sino un alimento para el alma. Nos ayuda a mirar con otros ojos nuestras preocupaciones, decisiones, relaciones, trabajos y luchas internas. Porque cuando meditamos las lecturas del día y los salmos con calma y fe, encontramos respuestas, consuelo, dirección… y, sobre todo, amor.
El evangelio diario no solo narra la vida de Jesús; nos invita a vivir como Él, a tener sus actitudes, a mirar al otro con compasión, a actuar con justicia y a amar con todo el corazón. Cuando llevamos ese mensaje al terreno real —a nuestro hogar, a nuestro trabajo, a nuestras redes, a la calle— entonces Cristo comienza a manifestarse a través de nosotros.
Meditar no es repetir, es interiorizar. Es dejar que esa Palabra cale hondo y nos transforme por dentro. Nos ayuda a ver que no estamos solos, que Dios camina con nosotros y que nuestra vida tiene un propósito eterno.
Desde “Aferrado a Él” te invitamos a hacer de este hábito diario un estilo de vida. Que cada día sea una oportunidad para encender el alma, para reconectar con el mensaje de esperanza, y para ser portadores del amor de Cristo al mundo entero. Porque solo cuando dejamos que la Palabra se haga carne en nosotros, podemos convertirnos en luz en medio de tanta oscuridad.
Hoy, más que nunca, el mundo necesita amor verdadero… y ese amor está en la Palabra Viva de Dios.

